BISABUELOS
Amelia Convers y Carlos Manrique
De Amelia fueron sus padres Francisco Convers y Francisca Sanchez del Guijo.
De Carlos fueron sus padres Juan Evangelista Manrique nacido en 1816 en La Vega y Cecila Ulloa.
Fueron sus hijos:
Pedro Carlos (1860)
Juan Evangelista (1861)
Maria Anastasia (1868)
Juan Climaco (1870)
Maria Nieves (1871)
Julio Gerusio (1873)
Francisco
Lorenzo
Casa de La Herrera
Paisaje de la savana desde la casa de La Herrera en Madrid, Cundinamarca. 2005
Fuera de esta haciendo fueron duenos de la hacienda de la Yeguera que se dividio en Las Hortencias y La Hacienda de San Carlos.
Tomado de Reminisencias de Santa Fe y Bogota
-Jose Maria Cordovez Moure Editor: Fernando Revas Moreno Bogota ISBN:958-9490-21-7
XIII Asalto
a. la hacienda de «La Herrera».—La Sabana de Bogotá.—Su riqueza,
y habitantes.—Los indios y los grandes 'propietarios.—La hacienda-
de «La Herrera».—La familia Manrique.—La visita de un
amigo.—Don Bartolomé Moreno.— Su vida en los Llanos.—El asalto de la hacienda.—Dísposisiones
para el combate.—Veinte bandidos contra una familia inerme.—Una
esposa y madre heroína.—El salvador providencial.
En pocas comarcas ha derramado la
Providencia
con tanta prodigalidad sus
beneficios
en favor del hombre como en el
pedazo de tierra que se llama la Sabana de Bogotá.
El aspecto de los resguardos
era bellísimo
en los tiempos de labores y recolección, por la diversidad de sementeras
a que se dedicaban las estancias, que se distinguían de las haciendas por el conjunto heterogéneo de toda clase
de artículos
sembrados y cosechados simultáneamente.
El tipo de una estancia era común a
las demás,
pues ya se sabe la inclinación imitadora que domina a la raza de
los aborígenes:
un cercado o vallado,
formado
con arboléeos, cerezos, carrizos, sauces,
curubos y zarzas; en el centro, la casita cubierta con paja de trigo, angosto corredor al frente y
estrecha puerta de entrada a las habitaciones, sin
ven-tana, o muy diminuta en el caso de ha-berla; por moblaje, una maciza
mesa y
barbacoas para sentarse o acostarse;
el zarzo
del techo, que servía de troje
para los
cereales y de guardarropa de la
familia; en las paredes, sin blanquear, las imágenes de los santos de
la devoción
de cada cual; pero, en primer | lugar,
las de Nuestra Señora de Chiquinquirá, San Roque, Nuestra Señora
del
Carmen, en actitud de sacar almas
del
purgatorio, y algunas vitelas monstruosas;
en un rincón, los zurrones de cuero
para guardar la miel, y, sobre ellos, el sillón o montura de la dueña de casa. Al frente de la choza, una cocinita
estrecha y ahumada, que ostentaba, sin embargo, la limpia piedra de
moler el
piste (94), elemento indispensable para hacer la mazamorra. En cuanto
a vajilla, se componía de platos y cucharas de palo, totumas, tazas de
barro ordinario,
y pare de contar; solían tener alguno
que otro plato o escudilla de loza;
pero estas fincas permanecían guardadas
sobre una tabla asegurada a las
paredes por medio de estacas, para elcaso solemne de la visita del amo cura
o del
patrón de la hacienda vecina.
No faltaban brazos para la
agricultura,
porque los gañanes tenían hogar fijo, en donde se les podía encontrar, y estos no se veían obligados a frecuentar las
tabernas
para proporcionarse el sustento diario,
pues les era más fácil y econó-mico alimentarse con lo aue les
llevaban
de su
propia casa.
Pero llegó un día feliz para los
codiciosos
de poseer buenas tierras a bajo precio, en el que se dijo que era una tiranía intolerable prohibir a los ciu-dadanos la
venta de su propiedad, y se dio
la ley que permitió y permite la enajenación de los resguardos (95).
No nos meteremos a discutir el
mérito intrínseco
de tal libertad; pero, si-guiendo el criterio del Evangelio—por
Cuando empegaban a dorarse las espigas del trigoi.r se despachaba
al mayordomo de la hacienda para que fuera a buscar segadores en los
pueblos de
Suesca, Sesquilé, Chocontá y en las
demás agrupaciones de indígenas.
Por intermedio
del alcalde, y de este con los
capitanes, se contrataban los necesarios,
y desde entonces empezaba una
especie de
emigración del norte al sur de la Sabana, llevando los jornaleros sus
fami-lias y enseres de cocina.
Si se trataba de la
trilla, esta labor tomaba
el aspecto de verdadera fiesta campestre.
Desde antes de rayar el alba se dividían los labriegos en cuadrillas:
unos iban a recoger las yeguas, con cuyos cascos desgranaban el
trigo; otros desbarataban los montones y
echaban las
gavillas a la era o circo, formado
con estantillos y rejos, dentro del
cual hacían
dar vueltas, a escape y en confuso tropel, a las hembras con sus
respectivas crías, que caían aquí para levantar allá, perseguidas
por el muchacho arriero, armado de zurriago, que las
animaba con alegres gritos y
endechas
pastoriles.
Separado el trigo del tamo y de la
raspa, empezaba la tarea de
traspalar y
aventar el grano, a fin de dejarlo
listo para
entrojarlo. Si rendía la parva, el patrón manifestaba su contento
obsequiando a los trabajadores con sendos tragos
de la buena, y estos, a su turno, se deshacían en felicitaciones al amo, diciéndole que Dios se lo
dejara gozar, que
por el trigo somos cristianos.
Era tal el cariño que los indios tenían al
trigo, que agujereaban la
copa del
sombrero para que por allí se llenara del precioso grano al aventarlo,
por lo que había
un empleado en la parva sin otro oficio que sacudir el
sombrero
a los rateros.
Nada hay más propio para despertar la verbosidad de los indios como poner-los a media chispa o alumbrados con algunas libaciones de chicha, que es su licor predilecto, y como en las faenas que dejamos bosquejadas es donde ellos se ponen en capacidad de estimar—a su modo—las cualidades requeridas en las buenas esposas, es allí donde puede es-tudiarse esa faz especlalísima de tan huimilde raza.
A este respecto es bien curioso
el sistema adoptado por los indígenas
para escoger
la compañera que debe, no diremos compartir, sino soportar todas las cargas del matrimonio, sin
ninguna de
sus ventajas.
No hay duda de que la belleza es
relativa, y que, en consecuencia, lo
que a unos
parece bonito, es feo para otros.
El indio escoge por compañera a la india má.s robusta y
fornida; pero, sobre todo, la que
él cree que puede trabajar por los dos. Es en las faenas
agrícolas
donde los aborígenes se deciden a
tomar estado, observando atentamente a la aldeana que siega con más rapidez, la
que recoge más gavillas, la que
escobilla
mejor el trigo, la que, llegado el caso, le
pide la mancera del arado para pre-sentar certamen de fuerza y pujanza
en el manejo de tan pesado instrumento.
Es probable que el indio vea
con desdén a las mujeres bien parecidas,
entre otras
razones para no tomarse el trabajo de celarlas, sí se tienen en
cuenta las condiciones de estoicismo y su-prema indiferencia, que son
peculiares de su raza.
Los asuntos matrimoniales los arreglan los indígenas con suma
facilidad:
después de la siega, en que se trataron,
viene la trilla, para comprometerse
y amañarse;
y en la repetición de la siega se aparecen los esposos con su
respectiva prole, pues es muy raro el caso
de que un indio falte a la palabra
empeñada a una mujer. Eso sí, entienden y practican literalmente al revés el consejo, aunque no es consejo, de compa-ñera os doy y no siervo.
Pero
descendiendo, por último, de las nebulosas,
adonde nos hemos encum-brado, diremos que el desiderátum de
los habitantes de esta altiplanicie
es tener en Bogotá casa para vivir con tiendas para alquilar y hacienda
en la Sabana que los haga ricos con pocas fatigas y les proporcione al mismo tiempo
un lugar ameno y de recreo para
llevar las
familias en las temporadas de verano.
Si hay en la Sabana algún panorama que merezca
el nombre de magnífico, es, sin disputa, el que ofrece a
la vista
del espectador el valle encerrado
entre el
cerro de Serrezuela y las colinas adyacentes, al Oriente; el boquerón de la
Reclinada sobre la falda occidental del precioso
cerro de Serrezuela está edificada la antigua casa de la hacienda de
La Herrera, que domina el bellísimo
y espacioso
lago alimentado por las aguas
de los ríos Bojacá y Serrezuela,
en donde abundan el exquisito pescado capitán, los sustanciosos
cangrejos y millares de aves acuáticas que viven retozando entre los
juncales y malezas que
visten las diversas islas, que se levan-tan de su seno como ramilletes
flotantes, que parece llevaran en
sí el germen
de la vida, puesto que en esos
sitios moran
confundidos, como si fuesen in-dividuos de un mismo género, especie y familia, las tórtolas, chirlovirlos, caicas, gallinetas, garzas, correlonas, chorlitos,
cuervos, guacos, grullones, conejos, curies y armadillos, sin contar los diferentes patos de
emigración, que, en cantidades innúmeras, se posan confiados en aquellas
tentadoras linfas, en donde los sorprende la
muerte que les envía el experto cazador. Para hallar en
el mundo una perspectiva superior en bellaza hay
necesidad de ir a buscarla en los lagos de
Garda o de Como, en Italia.
Apenas terminada la prolongada guerra civil, que aniquiló al país
durante el
tiempo transcurrido de 1861 a 1863,
volvió don Juan Evangelista
Manrique
a tomar posesión de la hacienda aludida, ñor cuanto es cosa averiguada entre nosotros que desde el primer
pronunciamiento que tiene lugar queda establecida la ley del más
fuerte, y la propiedad rural pasa a ser un mito, que solo
descifra en favor propio cualquier par-tida que prende banderola en el asta de una lanza y
se bautiza con el nombre de beligerante.
Para recoger los animales
que, por inútiles o por cualquiera otra razón independiente de la voluntad de los gue-rreadores de
entonces, existían abando-nados, y establecer al mismo tiempo los
trabajos agrícolas después del
espantoso
cataclismo, se fue a vivir en la
casa citada don Carlos Manrique, hijo de don Juan Evangelista, en unión de
su virtuosa esposa, doña Amelia Convers; de dos
hermosos niños, hijos de tan feliz matrimonio, y de la servidumbre de la
familia.
Los edificios que formaban la antigua casa solariega, con apariencia de
feudal, se componían de dos tramos: uno,
de construcción sólida, provisto
de espaciosas piezas y corredores, con capacidad suficiente para
alojar con holgura
una familia numerosa, que era el
ocupado por el doctor Manrique y los suyos; y otro, pajizo, en que se
alojaban
los huéspedes que solían
pernoctar en
la casa, estaba destinado también
para servir
de troje a los productos de la
hacienda y a depósito de las
velas que
se fabricaban en la misma, a fin
de aprovechar
el sebo, que en esa época
estaba depreciado, y procurarse,
en buenas condiciones, aquel artículo de primera necesidad.
No faltará quien califique de
imprudente al doctor Manrique por el
hecho de
ir a habitar con su familia una hacienda aislada, cercana a terrenos
fragosos cruzados por varios caminos, inmediatamente después de
pasada una revolución que lo conmovió todo y que
estableció, por lo pronto, la
completa inseguridad en los campos; pero aquel se haría la reflexión de que
quien no la
debe, no la teme; y como en su carácter
de médico prestaba servicios a todos los que lo ocupaban, regalándoles
las drogas por añadidura, con lo
cual hacía
lo que el sastre del Campillo, que
cosía de balde y ponía la hebra;
como ninguno
llamó a su puerta sin salir atendido; como el mejor empleo que daba a su dinero era el de servir a
los amigos o indiferentes que se valían de él, y,
en una palabra, como jamás
recorrió un
camino sin encontrar personas que
le manifestaran
cariño y estimación personales, creyó que podía vivir tranquilo.
Tenía y no tenía razón
el doctor Manrique; pero, de seguro,
olvidaba la máxima de Luis XII, rey de Francia, quien cada
vez que concedía alguna gracia, exclamaba : «i Acabo de hacer un
ingrato!»
En los últimos días de octubre del mismo año
llegó a La Herrera un viajero cuyo aspecto le denunciaba como
habitante de los países cálidos.
La aparición de una persona extraña en los campos causa siempre novedad en
la fa-milia, y por eso los moradores de la casa
acudieron al corredor desde el cual
Otra Hacienda
REPUBLICA DE COLOMBIA
EL HERALDO
Bogota 15 de julio de 1891 (No. 105 Serie Ano III Pg. 2
FERRERIA DE "LA PRADERA"
El establecimiento primitivo de aquella empresa -que despues ha tomado desarrollo protegido por los Gobiernos sin distincion de partido- remonta a 1880 y se debe al Dr. Carlos Manrique, entonces propietario de la Hacienda denominado "La Pradera" y a sus socios industriales Sres. T.D. Agnew y D. Lorenzo Codazzi.
En el horno que se constuyo con el capital del Dr. Manrique se ha producido todo el fierro que ha necesitado la actual empresa para su ensanche y ademas todo el que se ha dado al consumo publico hasta la fecha. Al Dr. Manrique se le debe, pues, el establecimiento de aquella empresa que tantos servicios ha prestado y esta llamada a prestar a nuestra agricultura y a nuestras nacientes industrias.
Fue el quien dio el primer paso,el mas grave, el de abandonar sus negocios agricolas para arriesgar su fuerte capital en una empresa desconocida, sin proteccion extranjera. El Dr. Manrique no obtuvo ninguna utilidad con el establecimiento de la ferreria y antes bien, segun se nos ha asegurado, el deshacerse de aquella preciosa finca que se llama la Hacienda de la Pradera le ha ocasionado graves perjuicios.
Hacemos las anteriores observaciones en obsequio a la mas estricta justicia con motivo del informe del ingeniero americano, Senor Lockett,quien acaba de hacer una visita a la ferreria y que se halla publicado en el Correro Nacional de 13 de julio de 1891 y en el telegrma de la misma fecha. El distinguido ingeniero no tomo suficientes datos o fue mal informado; de otro modo no hubiera cometido la injusticia de afirmar en su magnifico estudio "que el establecimiento primitivo se erigio en 1883 y sus promotores y propietarios fueron los senores Alejandro Arango, Pablo y Julio Barriga". El establecimiento primitivo fue erigido en 1880 y su promotor y propietario fue el senor Dr. Carlos Manrique. !A todo senor su honor!

Carta de Pedro Carlos a su Mama, Amelia Convers