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BISABUELOS

 

 

Amelia Convers y Carlos Manrique

 

De Amelia fueron sus padres Francisco Convers y Francisca Sanchez del Guijo.

De Carlos fueron sus padres Juan Evangelista Manrique nacido en 1816 en La Vega y Cecila Ulloa.

 

Manrique Convers Fecha de Nacimiento

 

Fueron sus hijos :

 

Pedro Carlos (1860)

Juan Evangelista (1861)

Maria Anastasia (1862)

Francisco (1862)

Lorenzo (1864)

Maria (de Boshell) (1868)

Climaco (1870)

Julio (1873)

 

 

 

 

Casa de La Herrera

 

Paisaje de la savana desde la casa de La Herrera en Madrid, Cundinamarca. 2005

 

Fuera de esta haciendo fueron duenos de la hacienda de la Yeguera que se dividio en Las Hortencias y La Hacienda de San Carlos.

 

 Asalto a. la hacienda de «La Herrera»

 Tomado de Reminisencias de Santa Fe y Bogota

-Jose Maria Cordovez Moure   Editor: Fernando Revas Moreno Bogota  ISBN:958-9490-21-7

 

 XIII Asalto a. la hacienda de «La Herrera».—La Sabana de Bogotá.—Su riqueza, y habitantes.—Los indios y los grandes 'propietarios.—La hacienda- de «La Herrera».—La familia Manrique.—La visita de un amigo.—Don Bartolomé Moreno.— Su vida en los Llanos.—El asalto de la hacienda.—Dísposisiones para el combate.—Veinte bandidos contra una familia inerme.—Una esposa y madre heroína.—El salvador providencial.  

 

En pocas comarcas ha derramado la Providencia con tanta prodigalidad sus beneficios en favor del hombre como en el pedazo de tierra que se llama la Sabana de Bogotá.  

  Atravesada de Norte a Sur por el manso y cenagoso Punza, que recoge los diversos tributarios que aumentan el caudal de sus aguas, dejando todos a su paso el depósito de 'limo fecundante, que mantiene en perentí»; actividad la prodigiosa fuerza prodffctóra de su fértil suelo; bajo la influencia de un clima suave e igual, libre de los fríos y de los calores de la zona templada, y exenta de animales dañinos o venenosos; rodeada, como inexpugnable fortaleza, por altas y azuladas montañas, que le renuevan amorosas las brisas del purísimo ambiente que da la vida a sus moradores; protegida, por razón de su altura sobre el nivel del mar, contra las asoladoras e implacables epidemias, que dejan en otras partes una estela pavorosa de muerte y desolación; y, lo que aún es mejor, habitada por una raza de carácter apacible, sin ambiciones, humilde y sencilla, apegada al suelo en que nace, vive y muere, amalgamada con la savia de sus conquistadores, a quienes recuerda con veneración, sin acordarse de las inútiles crueldades empleadas para sojuzgarla.

  Como consecuencia precisa de las favorables condiciones peculiares a la Sabana, el cultivo de su suelo y las demás empresas agrícolas a que se la dedica presentan extraordinarias facilidades para administrar las distintas secciones que la componen.

  Antaño se veían en las cercanías de todos los pueblos de la altiplanicie agrupaciones de indígenas que vivían en el pedacito de tierra que, con la denominación de resguardos, les adjudicaron las leyes de Indias y de la antigua Colombia, con prohibición de enajenar-las (93). En ellos mantenían los animales que les servían para conducir a los centros de consumo los cereales y demás artículos que cultivaban, y las ovejas que les propocionaban la lana para vestirse; eran propietarios, y, por consiguiente, tenían cariño por el rancho y la estancia en que vieron la luz, pasaron sus primeros años y conocieron a sus abuelos.  

El aspecto de los resguardos era bellísimo en los tiempos de labores y recolección, por la diversidad de sementeras a que se dedicaban las estancias, que se distinguían de las haciendas por el conjunto heterogéneo de toda clase de artículos sembrados y cosechados simultáneamente.

 

El tipo de una estancia era común a las demás, pues ya se sabe la inclinación imitadora que domina a la raza de los aborígenes: un cercado o vallado, formado con arboléeos, cerezos, carrizos, sauces, curubos y zarzas; en el centro, la casita cubierta con paja de trigo, angosto corredor al frente y estrecha puerta de entrada a las habitaciones, sin ven-tana, o muy diminuta en el caso de ha-berla; por moblaje, una maciza mesa y barbacoas para sentarse o acostarse; el zarzo del techo, que servía de troje para los cereales y de guardarropa de la familia; en las paredes, sin blanquear, las imágenes de los santos de la devoción de cada cual; pero, en primer | lugar, las de Nuestra Señora de Chiquinquirá, San Roque, Nuestra Señora del Carmen, en actitud de sacar almas del purgatorio, y algunas vitelas monstruosas; en un rincón, los zurrones de cuero para guardar la miel, y, sobre ellos, el sillón o montura de la dueña de casa. Al frente de la choza, una cocinita estrecha y ahumada, que ostentaba, sin embargo, la limpia piedra de moler el piste (94), elemento indispensable para hacer la mazamorra. En cuanto a vajilla, se componía de platos y cucharas de palo, totumas, tazas de barro ordinario, y pare de contar; solían tener alguno que otro plato o escudilla de loza; pero estas fincas permanecían guardadas sobre una tabla asegurada a las paredes por medio de estacas, para elcaso solemne de la visita del amo cura o del patrón de la hacienda vecina.

No faltaban brazos para la agricultura, porque los gañanes tenían hogar fijo, en donde se les podía encontrar, y estos no se veían obligados a frecuentar las tabernas para proporcionarse el sustento diario, pues les era más fácil y econó-mico alimentarse con lo aue les llevaban de su propia casa.

Pero llegó un día feliz para los codiciosos de poseer buenas tierras a bajo precio, en el que se dijo que era una tiranía intolerable prohibir a los ciu-dadanos la venta de su propiedad, y se dio la ley que permitió y permite la enajenación de los resguardos (95).

No nos meteremos a discutir el mérito intrínseco de tal libertad; pero, si-guiendo el criterio del Evangelio—por sus frutos los conoceréis—, haremos no-tar que desde entonces data el estado de miseria a que se vieron reducidos, los que vendieron su patrimonio por mu-cho menos que el plato de lentejas, y la emigración de los jornaleros en busca del bienestar perdido y de condiciones más propicias para ganar la vida. I  Es cierto que la industria ha dado la mano a la agricultura, para sacarla airo-sa en los complicados trabajos del laboreo de las tierras v cultivos de los cerreales, proporcionándole las máquinas, con que supera en mucho el servicio que le pudieran prestar las fuerzas humanas, que escasean en progresión alarmante; pero, en cambio, ha desaparecido el encanto y alegre bullicio que remaba en los campos durante los tiempos de la siega y trilla del trigo y otros granos, porque aún no se había implantado entre nosotros el sistema de máquinas segadoras y trilladoras, en reemplazo de los brazos de nuestros indios.  

Cuando empegaban a dorarse las espigas del trigoi.r se despachaba al mayordomo de la hacienda para que fuera a buscar segadores en los pueblos de Suesca, Sesquilé, Chocontá y en las demás agrupaciones de indígenas. Por intermedio del alcalde, y de este con los capitanes, se contrataban los necesarios, y desde entonces empezaba una especie de emigración del norte al sur de la Sabana, llevando los jornaleros sus fami-lias y enseres de cocina.

  Los hombres segaban, y las mujeres y los muchachos hacían las peoueñas gavillas y las reunían convenientemente, para que de allí las tomaran los encargados de conducirlas, en carro, a la montonera, en donde iban haciendo los montones, o grandes gavillas de forma cónica, para preservar el grano de las inclemencias del tiempo.

  Terminados los trabajos del día, se recogían los jornaleros a las enramadas, en donde los esperaban sus esposas con las familias y las cenas. Allí era de verlos mascar a dos carrillos y triturar entre sus magníficas dentaduras las habas y maíz tostados, parlando como loros y arrojándose unos a otros a la cara, al hablar, los residuos de lo que comían o bebían. Al fin, el cansancio' de la jornada, y más que todo el medio real de chicha fuerte que se metían entre pecho y espalda, los dejaba mancornados en la actitud que los cogía Morfeo, roncando como leones rugientes, hasta que los des-pertaba el canto del gallo, a la madrugada, para volver alegres al trabajo.

Si se trataba de la trilla, esta labor tomaba el aspecto de verdadera fiesta campestre. Desde antes de rayar el alba se dividían los labriegos en cuadrillas: unos iban a recoger las yeguas, con cuyos cascos desgranaban el trigo; otros desbarataban los montones y echaban las gavillas a la era o circo, formado con estantillos y rejos, dentro del cual hacían dar vueltas, a escape y en confuso tropel, a las hembras con sus respectivas crías, que caían aquí para levantar allá, perseguidas por el muchacho arriero, armado de zurriago, que las animaba con alegres gritos y endechas pastoriles.

Separado el trigo del tamo y de la raspa, empezaba la tarea de traspalar y aventar el grano, a fin de dejarlo listo para entrojarlo. Si rendía la parva, el patrón manifestaba su contento obsequiando a los trabajadores con sendos tragos de la buena, y estos, a su turno, se deshacían en felicitaciones al amo, diciéndole que Dios se lo dejara gozar, que por el trigo somos cristianos.

Era tal el cariño que los indios tenían al trigo, que agujereaban la copa del sombrero para que por allí se llenara del precioso grano al aventarlo, por lo que había un empleado en la parva sin otro oficio que sacudir el sombrero a los rateros.

Nada hay más propio para despertar la verbosidad de los indios como poner-los a media chispa o alumbrados con algunas libaciones de chicha, que es su licor predilecto, y como en las faenas que dejamos bosquejadas es donde ellos se ponen en capacidad de estimar—a su modo—las cualidades requeridas en las buenas esposas, es allí donde puede es-tudiarse esa faz especlalísima de tan huimilde raza.   

A este respecto es bien curioso el sistema adoptado por los indígenas para escoger la compañera que debe, no diremos compartir, sino soportar todas las cargas del matrimonio, sin ninguna de sus ventajas.

No hay duda de que la belleza es relativa, y que, en consecuencia, lo que a unos parece bonito, es feo para otros. El indio escoge por compañera a la india má.s robusta y fornida; pero, sobre todo, la que él cree que puede trabajar por los dos. Es en las faenas agrícolas donde los aborígenes se deciden a tomar estado, observando atentamente a la aldeana que siega con más rapidez, la que recoge más gavillas, la que escobilla mejor el trigo, la que, llegado el caso, le pide la mancera del arado para pre-sentar certamen de fuerza y pujanza en el manejo de tan pesado instrumento.

Es probable que el indio vea con desdén a las mujeres bien parecidas, entre otras razones para no tomarse el trabajo de celarlas, sí se tienen en cuenta las condiciones de estoicismo y su-prema indiferencia, que son peculiares de su raza.

Los asuntos matrimoniales los arreglan los indígenas con suma facilidad: después de la siega, en que se trataron, viene la trilla, para comprometerse y amañarse; y en la repetición de la siega se aparecen los esposos con su respectiva prole, pues es muy raro el caso de que un indio falte a la palabra empeñada a una mujer. Eso sí, entienden y practican literalmente al revés el consejo, aunque no es consejo, de compa-ñera os doy y no siervo.

Pero descendiendo, por último, de las nebulosas, adonde nos hemos encum-brado, diremos que el desiderátum de los habitantes de esta altiplanicie es tener en Bogotá casa para vivir con tiendas para alquilar y hacienda en la Sabana que los haga ricos con pocas fatigas y les proporcione al mismo tiempo un lugar ameno y de recreo para llevar las familias en las temporadas de verano.

Si hay en la Sabana algún panorama que merezca el nombre de magnífico, es, sin disputa, el que ofrece a la vista del espectador el valle encerrado entre el cerro de Serrezuela y las colinas adyacentes, al Oriente; el boquerón de la cordillera conocida con el nombre de Boca del Monte de La Mesa, al Occidente; la cuchilla de la cordillera, al Norte, y las serranías de Fute, al Sur.

Reclinada sobre la falda occidental del precioso cerro de Serrezuela está edificada la antigua casa de la hacienda de La Herrera, que domina el bellísimo y espacioso lago alimentado por las aguas de los ríos Bojacá y Serrezuela, en donde abundan el exquisito pescado capitán, los sustanciosos cangrejos y millares de aves acuáticas que viven retozando entre los juncales y malezas que visten las diversas islas, que se levan-tan de su seno como ramilletes flotantes, que parece llevaran en sí el germen de la vida, puesto que en esos sitios moran confundidos, como si fuesen in-dividuos de un mismo género, especie y familia, las tórtolas, chirlovirlos, caicas, gallinetas, garzas, correlonas, chorlitos, cuervos, guacos, grullones, conejos, curies y armadillos, sin contar los diferentes patos de emigración, que, en cantidades innúmeras, se posan confiados en aquellas tentadoras linfas, en donde los sorprende la muerte que les envía el experto cazador. Para hallar en el mundo una perspectiva superior en bellaza hay necesidad de ir a buscarla en los lagos de Garda o de Como, en Italia.

Apenas terminada la prolongada guerra civil, que aniquiló al país durante el tiempo transcurrido de 1861 a 1863, volvió don Juan Evangelista Manrique a tomar posesión de la hacienda aludida, ñor cuanto es cosa averiguada entre nosotros que desde el primer pronunciamiento que tiene lugar queda establecida la ley del más fuerte, y la propiedad rural pasa a ser un mito, que solo descifra en favor propio cualquier par-tida que prende banderola en el asta de una lanza y se bautiza con el nombre de beligerante.

Para recoger los animales que, por inútiles o por cualquiera otra razón independiente de la voluntad de los gue-rreadores de entonces, existían abando-nados, y establecer al mismo tiempo los trabajos agrícolas después del espantoso cataclismo, se fue a vivir en la casa citada don Carlos Manrique, hijo de don Juan Evangelista, en unión de su virtuosa esposa, doña Amelia Convers; de dos hermosos niños, hijos de tan feliz matrimonio, y de la servidumbre de la familia.

Los edificios que formaban la antigua casa solariega, con apariencia de feudal, se componían de dos tramos: uno, de construcción sólida, provisto de espaciosas piezas y corredores, con capacidad suficiente para alojar con holgura una familia numerosa, que era el ocupado por el doctor Manrique y los suyos; y otro, pajizo, en que se alojaban los huéspedes que solían pernoctar en la casa, estaba destinado también para servir de troje a los productos de la hacienda y a depósito de las velas que se fabricaban en la misma, a fin de aprovechar el sebo, que en esa época estaba depreciado, y procurarse, en buenas condiciones, aquel artículo de primera necesidad.

No faltará quien califique de imprudente al doctor Manrique por el hecho de ir a habitar con su familia una hacienda aislada, cercana a terrenos fragosos cruzados por varios caminos, inmediatamente después de pasada una revolución que lo conmovió todo y que estableció, por lo pronto, la completa inseguridad en los campos; pero aquel se haría la reflexión de que quien no la debe, no la teme; y como en su carácter de médico prestaba servicios a todos los que lo ocupaban, regalándoles las drogas por añadidura, con lo cual hacía lo que el sastre del Campillo, que cosía de balde y ponía la hebra; como ninguno llamó a su puerta sin salir atendido; como el mejor empleo que daba a su dinero era el de servir a los amigos o indiferentes que se valían de él, y, en una palabra, como jamás recorrió un camino sin encontrar personas que le manifestaran cariño y estimación personales, creyó que podía vivir tranquilo.

Tenía y no tenía razón el doctor Manrique; pero, de seguro, olvidaba la máxima de Luis XII, rey de Francia, quien cada vez que concedía alguna gracia, exclamaba : «i Acabo de hacer un ingrato!»

En los últimos días de octubre del mismo año llegó a La Herrera un viajero cuyo aspecto le denunciaba como habitante de los países cálidos. La aparición de una persona extraña en los campos causa siempre novedad en la fa-milia, y por eso los moradores de la casa acudieron al corredor desde el cual   Bolívar dictó el año 1820, en la villa de' Rosario de Cúcuta, un decreto sobre protección de los indios. En él se dispuso que la¿ autoridades les dieran posesión de las tierras o resguardos de que estaban despojados, y que, para arrendar estos, se hiciera el con-trato con intervención de los jefes políticos, a fin de evitar engaños. También se ordenó es-tablecer escuelas para ellos en todos los pueblos.

 

 

Otra Hacienda

        

                 REPUBLICA DE COLOMBIA

                 EL HERALDO

                  Bogota 15 de julio de 1891  (No. 105  Serie    Ano III  Pg. 2

                 FERRERIA DE "LA PRADERA"

                  El establecimiento primitivo de aquella empresa -que despues ha tomado desarrollo protegido por los Gobiernos sin distincion de partido- remonta a 1880 y se debe al Dr. Carlos Manrique, entonces propietario de la Hacienda denominado "La Pradera" y a sus socios industriales Sres. T.D. Agnew y D. Lorenzo Codazzi.

                  En el horno que se constuyo con el capital del Dr. Manrique se ha producido todo el fierro que ha necesitado la actual empresa para su ensanche  y ademas   todo el que se ha dado al consumo publico hasta  la fecha.  Al Dr. Manrique se le debe, pues, el establecimiento de aquella empresa que tantos servicios ha prestado y esta llamada a prestar a nuestra agricultura y a nuestras nacientes industrias.

                  Fue el quien dio el primer paso,el mas grave, el de abandonar sus negocios agricolas para arriesgar su fuerte capital en una empresa desconocida, sin proteccion extranjera.  El Dr. Manrique no obtuvo ninguna utilidad con el establecimiento de la ferreria y antes bien, segun se nos ha asegurado, el deshacerse de aquella preciosa finca que se llama la Hacienda de  la Pradera le ha ocasionado graves perjuicios.

                   Hacemos las anteriores observaciones en obsequio a la mas estricta justicia con motivo del informe del ingeniero americano, Senor Lockett,quien acaba de hacer una visita a la ferreria y que se halla publicado en el Correro Nacional de 13 de julio de 1891 y en el telegrma de la misma fecha. El distinguido ingeniero no tomo suficientes datos o fue mal informado; de otro modo no hubiera cometido la injusticia de afirmar en su magnifico estudio "que el establecimiento primitivo se erigio en 1883 y sus promotores y propietarios fueron los senores Alejandro Arango, Pablo y Julio Barriga".  El establecimiento primitivo fue erigido en 1880 y su promotor y propietario fue el senor Dr. Carlos Manrique. !A todo senor su honor!  

                                                     Carta de Pedro Carlos a su Mama, Amelia Convers

 

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