Julio Manrique, M.D
Era un lunes de una mañana de verano y, como de costumbre, el trafico
hacia mi consultorio estaba congestionado. Las noticias en la radio anunciabas
que en Nueva Orleáns se acababa de partir en dos un carro, accidente en el cual
habían muerto doce personas. Mi colega y compañero de viaje exclamó: “Que
vaina!, y mi mujer que se fue de compras...” sentí una opresión en el pecho
y me di cuanta que no había tomado la medicina para la angina y que tampoco
tenia la nitroglicerina de emergencia.
Regresamos a casa a buscar las medicinas pero, habiendo transcurrido diez
minutos y viendo que no había mejoría después de tratar dos veces, pensé que
podría significar infarto. Partimos rumbo al hospital, en donde mi medico de
cabecera tenia privilegios de admisión.
La aplicación de oxigeno y de nitroglicerina intravenosa en urgencias
acabo la opresión. Sin embargo, ya
estaba presente el cirujano cardiovascular, llamado por mi medico. El cirujano
vio los cambios del electrocardiograma, ordeno una angiografía y pidió
autorización para invertir si fuera necesario.
Cuando desperté estaba en cuidados intensivos. Muy temprano en la mañana
siguiente, el cirujano de ojos azules y figura radiante me informo que los
cuatro bypasses se habían realizado con éxito.
Dos días después, dentro de la rutina de la atención diaria, la
enfermera que me preparara para recibir otra infección de morfina. Como en mis
tiempos de estudiante había aprendido que el uso de esta medicina era peligroso,
ya que podía crear habito, reclame inocentemente que como me administraban esta
medicina sin mi consentimiento. Ahí comenzó mi vía crucis, me cambiaron por
codeína sintética, la cual no cumplía su función de disminuir o controlar el
dolor que me afectaba el pecho, los músculos, los huesos. Ahora comprendo el
error de querer ser paciente y medico a la vez.
La codeína tiene efecto secundario de producir constipación, lo que me
llevo a una impactacion fecal increíblemente dolorosa que ni la enfermera de
turno, ni nadie en los alrededores me podía solucionar a esas horas de la noche,
hasta que al fin, en un acto desesperado de esfuerzo, con manipulaciones de mis
dedos, logre conseguir el alivio tan deseado.
Después de transcurridos tres días me di cuenta que estaba recibiendo
una transfusión de sangre y me imagine que era necesaria para la anemia que
normalmente se produce con la destrucción de los glóbulos rojos al pasar la
maquina bomba de la cardio-respiración. Me dijeron que tenia una ulcera gástrica
sangrante y que el hematocrito estaba bajando.
Solicite que las diferentes medicinas que me daban al mismo tiempo, entre
ellas potasio liquido de muy mal sabor, me fueran suministrados en dosis
escalonadas. Conseguí que fueran cada doce horas, pero a las once de la noche
era despertado cuando apenas empezaba a conciliar el sueno, que era mi único
alivio.
Me fue recomendado omeprazole y la ulcera gástrica mejoro, pero como
mencione que en sueños veía un ejercito de moscas llamaron al neurólogo y
ordenaron un CAT escan cuyos resultados, por fortuna, dejaron en claro que el
cerebro estaba bien que los sueños, sueños son. Me preguntaban si me sentía
deprimido, inclusive los colegas; los amigos se interesaba en saber si dormía
bien. El quinapril, medicamento del grupo de los hibidores de la angiotesina, me
produjo su efecto secundario: una tos seca que no me dejaba hablar, por lo que
tuve que limitar las visitas de mis amigos, además de que cada vez que tosía
el dolor del tórax me hacia ver estrellas.
Siguió una arritmia que no respondió a la digital intravenosa, así que
tuvieron que usar la cardioversión, un procedimiento similar al choque eléctrico
de la desfibrinación que se usa cuando hay paro cardiaco, por fortuna, también
salí librado, porque el ritmo se
normalizo y sentí ánimos para completar las cuatro semanas de hospitalización.
Ya estaba lista mi salida cuando la enfermera noto dos irritaciones de la
piel en el área precordial que yo creo fueron producidas por la fricción contínua
de los cables del monitor del ritmo cardíaco. En el cultivo encontraron un
estafilococo cuagulasa negativo, que se llevo la culpa de acuerdo al grupo
medico de enfermedades infecciosas, quienes vacomisin por seis semanas. Los
cultivos de sangre siempre fueron negativos y nunca tuve fiebre.
Además, descubrieron que dos suturas de alambre se movían en mi pecho,
por lo cual los cirujanos resolvieron que tenían que operarme nuevamente.
“Julio”’ me dijo el famoso cirujano, “no se afane que esto tiene arreglo
; solo, que tiene que ir de nuevo a la sala de cirugía”, sin otra
alternativa, el cirujano asistente me abrió el tórax por segunda vez y me
quito los alambres que habían cortado el borde del esternón y que hicieron que
en la parte media, sitio de la primera incisión, este se aflojara. Realizó el
realambrado, el cual me dejo el tórax perfectamente unido y, además, con
irrigaciones de solución salina limpió un coagulo y debridas presentes en la
parte anterior del corazón.
La familia, las enfermeras y los amigos, como la dietista, insistían que
comiera pero no sabían que con tanta medicina todo me sabia a cartón y me tomo
un tiempo recuperar el sentido del gusto.
El servicio religioso del hospital no podía ser mejor, con comunión
diaria. Pero, cosas de la vida, la persona encargada de ofrecerlos tenia un tono
de voz del otro mundo y me daba la sensación de que estaba cerca de mis días
finales.
Estos son los entretelones de un bypass con éxito, en el mejor
hospital y en buenas manos. Millares de personas han tenido otras experiencias y
cada cual habla de acuerdo como le va en la fiesta. De todas maneras, estamos en
Norteamérica, en el milenio dos mil y
en un momento en que cada día hay nuevos avances de la ciencia medica.
El epilogo es que después de cinco meses de recuperación paso todo; me
siento bien y considero que los ratos difíciles son el pago por el privilegio
de vivir.
/MEDICO Interamericano 2000/Vol. 19 N° 4
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Dermatólogo colombiano en practica
privada en Queens, Nueva York
e-mail: skinman@juliomanrique.com