EL
BAILE DE LOS DIEZ
El
Tiempo, La Vida Social
Sábado,
24 de febrero de 1962
En
el ano de 1887, diez jóvenes de los más altos círculos sociales bogotanos,
dieron una fiesta, esplendida por todos los conceptos, que fue calificada por
los cronistas de antaño – nuestros colegas que hace ochenta años – como el
“mejor baile del siglo en la capital”. Don Luis Soto Landinez, don Antonio
Samper Uribe, don Carlos O’Leary, don Custodio Laverde, don Carlos Pardo, don
Daniel Valenzuela, don Luis Vargas, don Nicolás Gómez Saiz, don Pedro Carlos
Manrique, y don Santiago Grajales, todos muy viajados y grandes señores,
alquilaron, con varios meses de anticipación la casa de la calle 12 con carrera
quinta, de doña Bernardina Santamaría de Restrepo, una de las más suntuosas
que existían entonces. El cuatro de junio se llevó a cabo, por fin, el gran
baile y junto con los diez anfitriones hacían los honores un grupo de las más
aristócratas damas, entre ellas, Cheyne de Vargas, Child de Mallarino, Espinosa
de Castello, Manrique de Quijano Wallis, Ortiz de Bonnet, Restrepo de Nieto,
Samper de Uribe y Valenzuela de Child. Don Luis Augusto Cuervo,
en una conferencia dada en el Teatro Colón en 1983 y titulada los
“Bailes de Antaño”, conceptuaba que ‘aquella fue una fiesta de la cual
hablan los que ya peinan canas”. Cada uno de los diez caballeros se hizo cargo
del arreglo de un salón y cada uno quiso superar al otro en la decoración con
muebles antiguos, alfombras orientales, cuadros de Vásquez, y de pintores
europeos, reliquias coloniales, espejos de Venecia y espléndidos bronces y
cristales. Sobre uno de los muros se colocó un rico tapíz obsequiado al
Libertador por la ciudadanía de Quito, el cual, según parece, tomó un rumbo
desconocido más tarde.
Para describir aquel acontecimiento de la historia social bogotana, nos
parece más adecuado ceder la palabra a alguno de los invitados, quien en el
estilo lírico y pomposo de fin de siglo pasado, la describió prolijamente en
una carta escrita a don Pablo Valenzuela, quien se encontraba en Londres. La epístola
en cuestión decía así:
La que antes llevaba el modesto nombre de Calle de la Rosa Blanca y que
es hoy una elegante vía florentina, presentaba a las diez de la noche un espectáculo
propio de los sitios reales de Europa. Entre dos filas de soldados, vestidos de
parada, con uniforme determinado expresamente para aquella fiesta y, en medio de
grandes faroles que iluminaban las diferentes avenidas, cuarenta o cincuenta
hermosas parejas, de caballos, puestas al ritmo de modernos y abrigados
carruajes, piafaban orgullosas y como impacientes por exhibir sus blancas y
ligeras cargas. Una ancha alfombra, tendida sobre el enlosado y el quicio de la
puerta estaba destinada a evitar que el zapato blanco de las damas rozara el
desnudo suelo. El zaguán había sido dividido por una amplia y ondulada cortina,
a cuyos lados estaban de pie, inmóviles, dos arrogantes centinelas. Al entrar
los invitados, aquella cortina se descorría y presentaba el más sorprendente
espectáculo… Nada hay en nuestros antecedentes con qué compararlo. No era
aquella una fantástica pagoda; no era un templo asiático, con base de
elefantes o con zócalos de tigres, ni tampoco un jardín de Armida, ni el
encantado Palacio de las Hadas. Era como una de aquellas cortes imposibles,
donde los poetas y pintores hayan sus ideales. A través de flores y de plantas,
de luces y colores divisábasen en medio del amplio salón central, como
formando auroras de aquel mundo desconocido, formas deslumbradoras y puras que
se agitaban en una como niebla de muselinas. Había abrazándolo todo, algo como
el resplandor de una grande alma, especie de nimbo resplandeciente en que se
cruzaban sonrisas como abejas de oro y miradas como rayos…