Homenajes Postumos
DRO CARLOS MANRIQUE
(EL GRAFICO No. 854)
La profunda sensación de pesar producida en esta ciudad y en todo el país,
con motivo de la muerte de tan distinguido hijo de Bogotá, fácilmente se
explica.
Manrique había penetrado muy hondo en el aprecio de sus conciudadanos,
dadas sus actividades en más de treinta años en beneficio de los intereses
de todo orden dentro y fuera de la Patria y en servicio de élla.
Miembros del Consejo municipal de esta ciudad en varios períodos, desde
1902 hasta 1917, le tocó desarrollar e impulsar muchas de sus obras de
progreso y fue el autor de la proposición de protesta con motivo de la
separación de Panamá, la cual por su encendido patriotismo tuvo una gran
acogida en le público.
En sus labores como Miembro de la Asamblea de Cundinamarca fue el autor,
con el doctor Ricardo Amaya Arias de la Ordenanza sobre el establecimiento
de los dispensarios cuyos provechosos resultados, apenas pueden apreciarse
por solo el aspecto higiénico y moral.
Entre otras muchas de sus labores como Senador de la Republica, hizo
convertir en ley, de la cual fue autor, la número 47 de 1918 sobre el
fomento de las bellas artes, institución que tanto brillo ha dado a los
progresos del arte y a la psicología del país.
En lo social fue uno de los fundadores del Gun Club, centro de cultura de
inapreciable importancia social.
Alumno muy aprovechado de la Academia Jullien en París, muchos de sus
condiscípulos con él probaron ser verdaderos exponentes del arte de la
pintura en todos sus aspectos.
Con tan probadas ejecutorías ha bajado a la tumba, las cuales son bastantes
para cimentar una verdadera reputación de ciudadano, de artista y de
patriota.
Julio A. Forero
Pedro Carlos Manrique
Remembranzas
El doctor Pedro
Carlos Manrique acaba de morir, y ya que él quiso, en sus últimos años, como
recluirse en una penumbra de donde no lograron sacarlo ningún ruido de vida ni
ningún evohé a sus victorias de antaño, deber es de los que fueron testigos
de la prestancia de sus iniciativas y faenas, acercarse al cenotafio del repúblico
sin mácula, no para intentar una loa ditirámbica, que bien sabemos que él
prefirió la paz del silencio a todas las oblaciones, sino a llamar por un
instante su nombre y su memoria a la escena de la añoranza, que él bien sabia
que no se puede borrar en los registros del tiempo.
Manrique
perteneció a un conglomerado de hombres cuyo paso por los suelos dilectos se
hizo y se hace sentir proficua y luminosamente, pues él se hallaba en la edad
en que muchas, muchísimas unidades de su generación ostentan aún los
vigorosos de la vida. Cierto es que algunas de esas unidades “desertaron para
siempre y rindieron sus convicciones a las plantas del adversario, y ya
recibieron el precio de la infame apostasía”, pero la grande, la enorme mayoría
de esos iniciados en la línea emancipadora, conservaron y han conservado el
puesto que les señala el deber hasta la última hora. Manrique fue uno de los
dignificados por esa palma que siempre es consagratoria, ya que en las zonas del
contemplativo silencio, ya que en los acentos memoriosos de las póstumas
ofrendas.
Cuando vinimos
a esta ciudad de nuestro querido rincón norteño a estudiar en el colegio del
Rosario, era ya Manrique secretario del de san Bartolomé, y nos parece que
entonces curaba filosofía y las últimas materias de literatura. Por eso no
tuvimos, por entonces, la grata ocasión de tratarlo, y no fue sino muchísimo
después de terminar nuestros estudios cuando estrechamos con efusión su mano
de amigo.
Sus faenas en varios
ramos, especialmente en política,
artes y literatura, desde que era alumno de la universidad (San Bartolomé era sección de ésta), hasta cuando dirigió
la Revista Ilustrada”, fueron activísimas. Desde entonces, fiel a su enseña
radical de toda la vida, combatió al conservatismo y al independientismo unidos,
y al efecto colaboró asiduamente en “La República’, primero, y luego en el
“Radical’, ambos periódicos dirigidos
por estudiantes universitarios y rosaristas.
Terminadas sus
labores de claustro, muy poco adicto se mostró a la jurisprudencia, en cuya
facultad fue diplomado, pero si se dedicó al arte, y al efecto marchó a Europa,
donde complementó los estudios que aquí había acometido, y fue en institutos
parisienses condiscípulo de algunos que después fueron notabilidades estéticas.
Ya de regreso en el país, cultivó felizmente estos conocimientos, fue
aquí introductor del fotograbado y fundó la prestigiosa “Revista Ilustrada”,
y entendemos que esta se suspendió por la guerra de los tres años.
Indudablemente
donde más culminaron sus facultades de escritor y polemista, fue en su
colaboración de “El Heraldo” de don José Joaquín Pérez, periódico
hebdomadario que gozó de grandes simpatías en toda la nación; publicación
conservadora, sí, pero del conservatismo más civilizado que ha figurado en
nuestras actuaciones cívicas, comunidad de tolerantes que presiden en nuestros
fastos dos consagrados: José María Quijano y Manuel María Mallarino.
Podría
juzgarse que hoy, cuando con estupor hemos visto que el cuerpo legislativo acaba
de elegir con abrumadora mayoría primero
y segundo designados para la presidencia nacional a los dos conservadores más
regresivos que tiene el país, ya que no existen en Colombia conservadores de
aquel matiz avanzado: Sí existen, para honor patrio, y en número considerable,
sobre todo en los núcleos jóvenes, pero en el período que atravesamos, por
ser de odioso exclusivismo, de burocracia servil, de nepotismo vergonzante, de
petroleros audaces traidores a la patria, de fraude y de violencia, no se puede
aspirar a que integren la mayoría congresista los auténticos representativos
del conservatismo de vanguardia.
EL CORREO
Dr. Pedro Carlos Manrique
El Dr. Pedro Carlos Manrique, con cuyo retrato engalana hoy sus columnas
El Correo Del Valle, es uno de los literatos y periodistas más notables del país.
Luchador incansable y hombre de méritos indiscutibles, se ha logrado a fuerza
de constante e inteligente labor, honroso puesto en nuestro círculo literario y
político.
A él se debe el escaso adelanto de Bogotá en los trabajos de
fotograbado, a más de sus amplias facultades artísticas, noble y laudable
perseverancia.
Hasta estallar la pasada funesta revolución, redactó e ilustró la Revista Ilustrada, de cuya exquisitez y buen gusto hablará mejor que nosotros la magnífica acogida que tuvo en todo el país. En carta particular de un amigo se nos anuncia que reaparecerá prontamente, por lo cual nos regocijamos y felicitamos una vez más al incansable laborador.